Esa noche de 1877, el viento en las crestas de Snowon no solo soplaba; rugía como una legión de demonios hambrientos reclamando el alma de la montaña. Mi nombre es Silas Scranger, y aunque muchos en los pueblos fronterizos me conocen como un hombre de pocas palabras y rifle rápido, nada en mis años de rastreador me había preparado para lo que el destino tenía reservado en aquel rincón olvidado del territorio de Waomen. El frío no era simplemente un clima, era una presencia física, una garra de hielo que intentaba detener mi corazón con cada paso de mi caballo.
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Mute
Cabalgar en medio de una ventisca es buscar una tumba voluntaria, pero había algo en el aire, un instinto que me obligaba a seguir adelante. Fue entonces cuando lo escuché. No era el crujir de las ramas ni el silbido del vendaval. Era un llanto. Un sonido tan frágil y agudo que parecía romperse contra los copos de nieve antes de llegar a mis oídos. Era el sonido de la vida negándose a ser extinguida.
Desmonté con los dedos entumecidos, sintiendo cómo la nieve me llegaba a las rodillas. Seguí el rastro, una mancha oscura que contrastaba violentamente con la pureza blanca del suelo: sangre. Al llegar al final del sendero, entre un grupo de pinos centenarios que parecían testigos mudos de una atrocidad, mis ojos se encontraron con una escena que me perseguirá hasta el día que yo mismo sea enterrado.
Allí estaba ella. Una mujer cuyo nombre nunca supe pero cuya fuerza nunca olvidaré. Estaba atada a un poste podrido, sus muñecas envueltas en alambre de púas que se hundía en su carne con cada movimiento desesperado. Su rostro, antes hermoso, estaba marcado por la violencia de hombres que se hacían llamar “justos” pero que llevaban la maldad en las venas. La habían condenado. Su pecado, según la ley retorcida de los clanes de la montaña, era haber dado a luz a tres niñas en una tierra que solo valoraba los puños de los hombres.
A sus pies, tres pequeños bultos envueltos en harapos miserables se sacudían débilmente. Eran tres recién nacidas, tres vidas que apenas habían conocido la luz del sol y que ya estaban siendo devoradas por la escarcha. El hielo se formaba en sus pestañas diminutas. Me acerqué, y al verme, la mujer levantó la mirada. Sus ojos eran dos pozos de agonía y esperanza.
—Vienes conmigo —le dije, aunque sabía que la muerte ya la tenía de la mano.
—No dejes que se las lleven —susurró ella. Su voz era un hilo de seda a punto de cortarse. Los moretones violetas en su cuello contaban la historia de una lucha feroz antes de ser sometida.
Sin dudarlo un segundo, desenvainé mi cuchillo. El acero brilló bajo la luz mortecina de la luna oculta. No hubo gritos cuando corté el alambre oxidado; ella ya no tenía fuerzas para gritar. Solo hubo el silencio pesado de una madre que entrega su última voluntad a un extraño. En ese momento, no solo rescataba a una mujer destrozada, estaba declarando la guerra a todo lo que ese territorio representaba.
Cargué a la mujer y a las tres niñas hacia mi caballo. El peso de la responsabilidad era más pesado que el plomo en mi cartuchera. Sabía que los hombres que habían hecho esto no estarían lejos. En las montañas de Snowon, la crueldad no deja las cosas a medias. Sabía que me seguirían. Sabía que mi vida, que hasta entonces había sido una línea recta de soledad, se acababa de convertir en un laberinto de peligro y sacrificio.
El descenso fue un calvario. Cada vez que el caballo tropezaba, mi corazón se detenía. La mujer perdió el conocimiento a los pocos minutos, pero su mano seguía aferrada a mi manga, como un ancla en medio de la tormenta. Las pequeñas dejaron de llorar, lo que me asustó más que sus gritos; el frío las estaba sumergiendo en un sueño del que quizás no despertarían.
Llegamos a una pequeña cabaña de cazadores que conocía bien. Estaba oculta por un saliente de roca, un lugar donde el humo del fuego podía disiparse sin atraer miradas no deseadas. Entré de una patada, descargué la leña que siempre mantenía seca y encendí una hoguera que rugió con una furia necesaria.
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