Mi vida cambió por completo un día cualquiera, sin previo aviso. Tenía 28 años, trabajaba largas horas frente al ordenador y pensaba que estaba en mi mejor momento. Tenía energía, amigos, planes y un cuerpo relativamente sano. Pero dentro de mí, algo estaba mal, algo que aún no sabía.
Todo comenzó con un cansancio constante que atribuía al trabajo. Luego aparecieron los dolores inexplicables en mi abdomen y la pérdida de peso sin motivo aparente. Al principio pensé que era estrés, o simplemente que no me estaba cuidando como debía. Pero cuando la tos persistente y la fatiga se hicieron insoportables, finalmente fui al médico.
El diagnóstico fue devastador: cáncer avanzado. Las palabras del doctor sonaban lejanas, casi irreales, como si no me pertenecieran. Sentí que el mundo se me venía encima, que todo lo que había planeado para mi futuro se
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