—Seré brutalmente honesto, señorita Whitmore —dijo él, sentándose en la modesta cocina de la granja, ignorando el té que le habían servido—. No busco una amante ni una compañera de bailes. Busco una gerente. Mis hijos han espantado a todas las niñeras de Inglaterra. Necesitan una madre legal, alguien con autoridad que no pueda renunciar cuando las cosas se pongan difíciles. Si se casa conmigo, tendrá seguridad financiera de por vida. Si muero en la guerra, será una viuda rica. Si vuelvo… bueno, si vuelvo, ya veremos.
Era un trato comercial. Frío, directo y sin corazón. Él no la miraba con deseo, sino con alivio práctico. Le ofrecía una salida a su vida gris a cambio de hacerse cargo de siete desconocidos traumatizados. Clara firmó el contrato con la misma practicidad con la que desplumaba una gallina. Tres días después, se casaron en una ceremonia sin música ni sonrisas. Cuatro días después, él partió hacia el frente, dejándola sola en una mansión inmensa, rodeada de lujos que no sentía suyos y frente a siete niños que la miraban como si fuera el enemigo invasor.
Nadie esperaba que funcionara. Los sirvientes apostaban a que ella huiría en una semana. El propio Marqués partió con el corazón encogido, esperando encontrar ruinas a su regreso. Pero el destino, caprichoso y sabio, tenía otros planes. La guerra terminó antes de lo previsto. Thomas regresó antes de lo esperado, con el cuerpo marcado por las cicatrices y el alma cansada. Sin embargo, nada de lo que había visto en el campo de batalla lo preparó para la escena que lo esperaba al cruzar las puertas de su propio hogar; una escena tan inesperada, tan transformadora, que el hombre de hierro sintió que las piernas le fallaban.
¿Qué pasó después…?
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