—Bueno, al menos está guapo —añadió Pamela, intentando suavizar el tono, aunque sin mucho éxito.
—Sí, guapo y… manejable —sentenció Valeria con una frialdad que helaba la sangre—. El sexo es aceptable, supongo. Lo malo es lo demás: es tan predecible. Parece un contador de cincuenta años atrapado en el cuerpo de un hombre de treinta y seis. Es un niño rico con complejo de culpa que solo sabe trabajar.
Carmina aplaudió, deleitada por la honestidad brutal de su amiga. —Pero, mi amor, ¿quién necesita espontaneidad cuando tienes tarjetas ilimitadas?
—Exacto —concluyó Valeria—. Cada cena aburrida con él vale un Cartier. Cada fin de semana que me quedo encerrada viendo sus planos de arquitectura, es un viaje a Bora Bora asegurado. En cuanto firmemos el contrato prenupcial que mis abogados ya revisaron, podré dejar de fingir que me importa lo que piensa.
Javier no detuvo el vehículo. No gritó. No se quitó los lentes para revelar su identidad. En un acto de masoquismo emocional y fría estrategia, decidió seguir escuchando. Manejó por las calles de Polanco mientras el velo de su felicidad se desintegraba párrafo a párrafo.
Escuchó cómo Valeria planeaba mudarlo a una casa que ella ya había elegido sin consultarle, solo porque “estaba cerca de sus amigas y lejos de su familia”. Escuchó cómo pensaba despedir a Don Nacho, el chofer que lo había visto crecer, porque “olía a viejo y no encajaba con la estética de la nueva señora Mendoza”. Escuchó, incluso, que Valeria mantenía contacto con un exnovio en Madrid, a quien planeaba visitar con el dinero de la luna de miel.
El dolor inicial de Javier empezó a transformarse en algo más: una lucidez glacial. Recordó a su padre, quien siempre le advirtió que en el mundo de los negocios, el enemigo más peligroso es el que duerme en tu propia cama. Había sido un tonto, pero no iba a ser una víctima.
Cuando finalmente llegaron a Antara, Javier bajó de la camioneta y les abrió la puerta con la cabeza gacha, manteniendo el papel de chofer hasta el último segundo. Valeria bajó sin siquiera darle las gracias, hablando por teléfono sobre el diseño de las flores para la recepción.
Javier esperó a que se perdieran entre las tiendas de lujo. Luego, sacó su teléfono personal y marcó al director de su equipo legal.
—Licenciado, cancele el fideicomiso de la boda —dijo Javier, y su voz sonaba como el acero golpeando el mármol—. Quiero que revoque todas las tarjetas adicionales a nombre de Valeria Ruiz. Ahora mismo. Y llame a la constructora: el penthouse de Polanco se pone a la venta hoy mismo.
—Señor Mendoza, ¿pasó algo? —preguntó el abogado, confundido.
—Pasó que el cajero automático se quedó sin fondos —respondió Javier.
Esa noche, Javier regresó a la casa que compartían. Valeria llegó horas después, cargada de bolsas de marcas exclusivas, con una sonrisa radiante que Javier ahora veía como una máscara de plástico.
—¡Amor! No sabes el día tan increíble que tuve —dijo ella, acercándose para besarlo.
Javier se hizo a un lado. La miró a los ojos, ya sin el disfraz de chofer, pero con la misma mirada invisible que ella le había dedicado en la camioneta.
—¿Te gustó el collar de Cartier, Valeria? ¿O prefieres el viaje a Bora Bora para compensar esta “cena aburrida”? —preguntó él con una calma aterradora.
El color desapareció del rostro de Valeria. Sus bolsas cayeron al suelo con un sonido seco.
—Javier… ¿de qué estás hablando?
—Hablo de que hoy fui tu chofer. Hablo de que escuché cada palabra sobre lo “manejable” que soy y lo aburrido que te resultan mis historias. Hablo de que el contrato que tus abogados revisaron nunca se va a firmar.
Valeria intentó llorar, intentó decir que fue una broma pesada, que sus amigas la presionaron. Pero Javier ya no era el hombre predecible y manejable.
—Tienes una hora para sacar tus cosas de aquí —dijo él, caminando hacia su estudio—. Don Nacho te llevará a donde decidas, pero esta será la última vez que uses mis servicios. Por cierto, intenta pagar el hotel de esta noche; dudo que tus tarjetas funcionen.
Javier cerró la puerta de su estudio y, por primera vez en años, sacó sus servilletas y sus lápices de dibujo. El peso del apellido Mendoza seguía ahí, pero el peso de la mentira se había ido. Iba a construir algo nuevo, algo real, y esta vez, los cimientos no estarían hechos de dinero, sino de la verdad que solo se escucha cuando uno decide volverse invisible.
La boda que iba a ser el evento del año se canceló al día siguiente. La sociedad mexicana se escandalizó, pero Javier no leyó los periódicos. Estaba ocupado diseñando su primer edificio independiente, lejos de los hoteles y cerca de sus sueños de arquitecto. Valeria, por su parte, descubrió que sin el apellido Mendoza, sus “amigas” Pamela y Carmina ya no tenían tiempo para tomar café con ella. El cajero automático se había cerrado, y con él, el acceso a un mundo que nunca le perteneció.
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