Desde el interior, el silencio de la oficina era interrumpido por sonidos que ninguna esposa quiere escuchar jamás. Risas ahogadas, susurros cargados de una complicidad asquerosa y jadeos inconfundibles. Me quedé petrificada. Mi estómago se revolvió violentamente y sentí un frío glacial recorriéndome la espalda.
—¿Papá? —preguntó Lucas en voz baja, confundido.
Le apreté la mano con fuerza para que guardara silencio. Me acerqué un milímetro más, esperando estar equivocada, rezando para que fuera mi imaginación. Pero entonces escuché la voz de Daniel, esa voz que me decía “te amo” cada mañana.
—Eres mucho mejor que ella, Sophie —dijo él, con un tono que nunca antes le había escuchado—. Emily es tan aburrida, tan… ordinaria. Pronto encontraré la forma de dejarla sin que me quite la mitad de lo poco que tenemos. Solo dame un tiempo para esconder algunos fondos.
La risa de Sophie, una mujer diez años menor que yo a la que siempre recibí en mi casa con amabilidad, me golpeó como un latigazo.
Sentí cómo la sangre me abandonaba el rostro. En un segundo, la mujer que entró al edificio con el corazón lleno de ilusiones murió. En su lugar, nació alguien que no conocía. No lloré. No grité. No abrí la puerta para hacer el escándalo que ellos merecían. Algo dentro de mí se volvió de piedra, frío y calculador.
Miré a Lucas. Su inocencia era lo único que importaba ahora. Guardé el bolso contra mi cuerpo, sintiendo el roce del boleto de los 50 millones. En ese momento tomé una decisión.
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