“¿Quién la ha montado?”, refunfuñó Daniel, arrancando las grapas. “Está bien sujeta, pero está hecha de forma desordenada. Se nota que el trabajo no lo hizo un profesional”.
Quitó la tapicería del respaldo y se dirigió al asiento. Cuando la tela casi había desaparecido, se quedó paralizado.
“Emma… ven aquí. Rápido.”
Había algo extraño en su voz. Emma se acercó y se inclinó hacia la silla.
Lo que vieron dentro les dio escalofríos. 😨😱
Retiró el relleno, revelando un paquete. Luego otro. Y un tercero.
Eran fajos de billetes de cien dólares cuidadosamente doblados, atados con gomas elásticas.
Emma y Daniel se miraron en silencio.
“¿De dónde son?”, preguntó Emma en voz baja.
“Si tiraron la silla, significa que nadie la quiere…”, dijo Daniel lentamente. “Eso significa que quien la tiró no sabía nada del dinero. O…”
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Se quedó en silencio.
“O tal vez sea la prueba de alguien”, terminó Emma. “Tal vez esté relacionada con el crimen.”
La habitación quedó inusualmente silenciosa.
“¿Qué hacemos? ¿Llamar a la policía?”, preguntó.
Daniel se pasó la mano por el pelo y volvió a mirar el dinero.
“¿O quizás comprar billetes e irse de vacaciones?”.
Se quedaron en medio de la habitación, y en el suelo yacía algo que podría cambiarles la vida o arruinarla.
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