Don Arturo observaba sin respirar. Era la escena más surrealista: la mayor fortuna de la ciudad dependía de la destreza de una niña desnutrida con un palo de madera. Cuando la serpiente estuvo lo suficientemente lejos del árbol, di un golpe seco contra el suelo que la asustó, haciendo que se deslizara rápidamente hacia una grieta entre las rocas. El peligro inmediato había pasado, pero la verdadera prueba apenas comenzaba.
Me acerqué al hombre. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Sus muñecas estaban en carne viva por las cuerdas. “¿Quién te hizo esto?”, le pregunté con mi voz pequeña, que sonó extraña en aquel silencio tenso. Él no contestó de inmediato, solo sollozaba. Con mis uñas sucias y mis dientes, comencé a forcejear con los nudos. Estaban apretados con saña, como si quien lo hubiera dejado allí quisiera que sufriera cada minuto de su agonía. Me tomó lo que parecieron horas, pero finalmente, la primera cuerda cedió.
Mientras lo liberaba, Don Arturo comenzó a hablar en susurros. Me contó que sus propios socios, personas en las que confiaba, lo habían emboscado para quedarse con la concesión de una nueva mina. Lo habían traído allí para que “la naturaleza hiciera el trabajo sucio” y así no dejar rastros de sangre humana. Nunca esperaron que una niña que buscaba latas en los basureros fuera su salvación.
Cuando finalmente estuvo libre, el hombre se desplomó en el suelo. No podía ponerse en pie por el entumecimiento. Yo me quedé a su lado, vigilando que la serpiente no regresara. La noche empezó a caer sobre Guanajuato, pintando el cielo de un color violeta intenso. En ese momento, en aquel cerro olvidado de Dios, no había ni ricos ni pobres, solo dos almas unidas por el hilo delgado de la vida.
Él me miró y me preguntó mi nombre. “Jimena”, respondí tímidamente. Él tomó mi mano pequeña con su mano grande y enjoyada, que ahora estaba sucia de tierra. “Jimena, hoy me diste algo que mi dinero nunca pudo comprar: una segunda oportunidad. Y te prometo, por la memoria de mis padres, que tu vida y la de tu abuela, si logramos encontrarla, nunca volverán a ser las mismas”.
Bajamos el cerro con dificultad. Yo servía de apoyo para que el gran Arturo Navarrete no cayera. Al llegar a la carretera, un auto de seguridad lo reconoció y se detuvo de inmediato. Los hombres bajaron armados, confundidos al ver a su jefe en tal estado y de la mano de una niña de la calle. Él solo les dio una orden: “Cuiden a esta niña como si fuera mi propia hija. Ella es la dueña de mi vida ahora”.
Los meses siguientes fueron un torbellino. Don Arturo cumplió su promesa. Usó todos sus recursos, investigadores privados y contactos en el gobierno para buscar a mi abuela Josefina. Resultó que ella había sufrido un accidente y estaba en un hospital público en otra ciudad, sin identificación y con amnesia parcial. La encontramos. La llevaron a la mejor clínica y hoy vive conmigo en una casa donde no nos falta nada.
Pero lo más importante no fue el dinero, ni la casa, ni la ropa nueva. Fue la lección que aprendió todo Guanajuato. A veces, las personas que consideramos “nada”, aquellas a las que ni siquiera nos dignamos a mirar a los ojos, son las únicas que tienen el valor suficiente para enfrentarse a las serpientes más peligrosas de la vida.
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