Hoy me desperté acariciando mi vientre de ocho meses. Mi pequeña Sofía se movía inquieta, como si supiera que el mundo allá afuera puede ser un lugar hostil, aunque su madre trate de protegerla con todo el corazón.
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Me llamo Camila. Soy diseñadora gráfica, una mujer sencilla. Me gusta la ropa cómoda, los zapatos bajos y el cabello al natural. Nunca me ha importado aparentar lo que no soy, ni cargar con marcas de lujo para sentirme valiosa.
Sin embargo, en el México de las apariencias, a veces la sencillez es un pecado que se paga caro.
Mi prometido, Alejandro, es un hombre maravilloso. Él tiene dinero. Mucho dinero. Es dueño de una de las constructoras más grandes del país y propietario de varios centros comerciales en la Ciudad de México, incluyendo la exclusiva “Plaza Diamante” en Santa Fe, el lugar donde ocurrió mi pesadilla. Pero a Alejandro no le gusta la fama. Siempre dice: “El dinero grita, la riqueza susurra”. Él vive con perfil bajo, y yo amo eso de él. Por eso, cuando salgo, nadie sabe que soy la futura esposa del “Patrón”.
Ese martes, Alejandro estaba en juntas interminables. Yo decidí ir a la plaza a buscar unos recuerditos para el Baby Shower.
Me sentía pesada, con los pies hinchados, pero feliz. Entré a una joyería muy fina, solo a mirar. Me llamó la atención un brazalete pequeñito, de oro rosa, con una placa para grabar el nombre. Me imaginé la manita de Sofía con esa pulsera.
Sonreí, con las manos en mi panza, perdida en mis sueños de madre.
Fue entonces cuando el aire cambió. El perfume llegó antes que ella. Un olor a nardos caros y agresivos.
Entró como un huracán. Era una mujer de unos cincuenta años, rubia de salón, operada hasta las orejas, cargada de bolsas de Louis Vuitton y Gucci. De esas señoras que en México llamamos “Las Doñas” o “Ladies”. Se llamaba, según supe después, Fernanda de la Garza.
Ella estaba probándose todo. Trataba a las empleadas con la punta del pie.
—¡Niña! Tráeme el de zafiros. ¡Rápido! No tengo tu tiempo.
Yo me hice a un lado, incómoda por su energía. Decidí salir de la tienda para no estorbar.
Caminé hacia la salida, despacio, cuidando mis pasos.
De repente, un grito agudo me perforó los oídos.
—¡MI BRAZALETE! ¡LADRONA! ¡DETENGAN A ESA GATA!
Me giré, buscando a quién le gritaban.
La mujer me señalaba con un dedo lleno de anillos, con los ojos inyectados de furia.
—¡Tú! —chilló, caminando hacia mí con paso amenazante—. ¡Tú te lo llevaste! ¡Estabas pegada a la vitrina babeando lo que no puedes pagar!
El centro comercial se detuvo. La gente en los pasillos de mármol se quedó quieta. Sentí cien pares de ojos clavados en mí.
—Señora, creo que se equivoca —dije, tratando de mantener la calma por mi bebé—. Yo no he tocado nada. Solo estaba mirando.
—¡No me digas señora, igualada! —me gritó, escupiéndome casi en la cara—. ¡Sé cómo operan ustedes! Se visten con ropa holgada de maternidad para esconder lo que se roban. ¡Seguro ni estás embarazada! ¡Seguro es una almohada para meterte las joyas!
Sentí que me faltaba el aire. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me dolía el pecho. Sofía, mi bebé, empezó a patear duro, sintiendo mi angustia.
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