El corazón se me detuvo. Esa voz, profunda como el eco de un violonchelo y fría como el acero, no pertenecía a ninguno de los criados. Me giré lentamente, ocultando mis manos ásperas tras el vestido de algodón remendado que usaba para dormir. Allí, de pie bajo la sombra de un roble centenario, estaba Mateo Ordóñez. El Duque. El hombre que, según mi tía Rita, era un monstruo de hielo incapaz de sentir.
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Mute
Pero sus ojos no eran de hielo. Eran de fuego.
—¿Quién es usted? —preguntó él, dando un paso hacia la luz de la luna. Su mirada recorrió mi rostro con una intensidad que me hizo temblar. No me miraba como a una sirvienta, ni como a un estorbo. Me miraba como si fuera un milagro.
—No soy nadie, señor —susurré, bajando la vista—. Solo una sombra que no debería estar aquí. Por favor, regrese a la cena. Inés lo está esperando.
Mateo soltó una risa seca, carente de alegría.
—Inés es una muñeca de porcelana vacía. Llevo tres años rodeado de máscaras, señorita, y usted es lo único real que he visto en esta casa. Dígame su nombre. No es una petición, es una súplica.
—Sara —respondí, sintiendo que el aire se volvía eléctrico entre nosotros.
En ese momento, el crujido de las hojas secas nos alertó. Mi tía Rita apareció en el porche, con el rostro descompuesto por el odio. Al vernos juntos, su máscara de elegancia se rompió.
—¡Sara! ¡Vete a tu cuarto ahora mismo! —gritó, corriendo hacia nosotros—. Señor Duque, perdone a esta muchacha. Es la hija de una pariente lejana… tiene problemas mentales y a veces escapa de su encierro. Es una carga que soportamos por caridad.
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