Ricardo casi se desmaya. Se tuvo que apoyar en el mostrador para no caer al suelo de mármol. Don Alberto y yo habíamos crecido juntos en el mismo pueblo, compartiendo el mismo pupitre y los mismos sueños de grandeza. Él construyó bancos; yo construí el imperio de la miel.
—Hola, Alberto —dije con calma—. La miel está excelente, pero la atención en tu sucursal de la zona financiera deja mucho que desear. Tu gerente me acaba de llamar “vagabundo” y me sugirió que me fuera al tianguis porque mi overol de trabajo ensucia su piso de mármol. Incluso hizo una apuesta pública sobre mi solvencia.
Hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea. Cuando Alberto volvió a hablar, su voz ya no era la del amigo de la infancia, sino la del dueño de un imperio al que le han tocado lo más sagrado.
—Pásame a ese hombre, Haroldo. Ahora mismo.
Le entregué el teléfono a Ricardo. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae el aparato. Solo se escuchaban los “Sí, señor… lo siento, señor… no sabía, señor…” que salían de su boca entrecortada. Cuando me devolvió el teléfono, estaba llorando. No era un llanto de arrepentimiento, sino el llanto del cobarde que ha sido descubierto.
—Haroldo —dijo Alberto—, ese hombre está despedido de manera fulminante, al igual que las empleadas que participaron en la burla. Mañana mismo enviaré a mi asistente personal para que te atienda en tu rancho. No vuelvas a pararte en esa sucursal si no es para ver cómo la limpian.
Colgué. Me puse mi sombrero de ala ancha y acomodé mi vieja cartera de cuero. Miré a Ricardo por última vez. Él seguía pálido, viendo cómo su mundo de apariencias se derrumbaba por haber juzgado a un hombre por su aroma a campo y humo.
—La miel es dulce, joven —le dije antes de salir—, pero la humildad es mucho más necesaria para la salud del alma. Quédese con su traje; yo me quedo con mi honor y mi libertad.
Salí del banco y el calor de Jalisco me abrazó como un viejo amigo. Subí a mi camioneta polvorienta, la misma que ellos miraron con desprecio, sintiendo una paz profunda. Al final del día, el saldo en el banco es solo un número, pero el respeto que te ganas trabajando la tierra es algo que ningún gerente puede comprar ni ninguna tarjeta puede pagar.
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