La Rica le Regaló un “Colchón Viejo” a la Sirvienta… El Relleno Era de Billetes Puros… Un colchón viejo manchado, con las orillas descoscidas y un olor a encierro de años, cayó desde el segundo piso de la hacienda grande y aterrizó a escasos centímetros de sus pies descalzos, levantando una nube de tierra seca que le pegó en los ojos, en los labios, en el alma.
“Lléveselo consuelo!”, gritó doña perfecta desde arriba, sin asomarse del todo, como si hablarle de frente a la sirvienta fuera un lujo que no se merecía.
Ya lo mandé a lavar dos veces y sigue oliendo a viejo.
En la bodega ya llegó uno nuevo.
Ese ya no me sirve.
Consuelo limpió el polvo de su cara con el dorso de la mano.
42 años trabajando en esa hacienda.
42 años barriendo pisos que nunca serían suyos, cocinando caldos que nunca probaría, planchando sábanas que nunca tocarían su cuerpo cansado.
Y el único regalo que recibía en todo ese tiempo era lo que ya no le servía a la señora.
Un colchón viejo tirado desde arriba, como se tira la basura.
Consuelo vivía en un jacal al fondo del terreno de la hacienda.
No era suyo, nunca lo había sido, era prestado, que en el lenguaje de los patrones significa te lo quito cuando quiera y te lo agradeces mientras lo tienes.
Tres paredes de adobe resquebrajado, un techo de lámina que en las noches de lluvia tronaba como tambores de guerra y un petate en el suelo donde había dormido durante décadas.
ni cama, ni colchón, solo el frío de la tierra que a veces parecía más honesto que cualquier persona de esa hacienda grande.
Esa tarde, con la ayuda de su nieta Lucero, una chamaca de 14 años, de ojos grandes y manos fuertes para su edad, arrastraron el colchón por el camino de tierra hasta el jacal.
El sol pegaba sin compasión, el sudor les corría por el cuello.
“Abuela, huele raro”, dijo Lucero arrugando la nariz con esa franqueza que solo tienen los que todavía no han aprendido a callar.
“Huele a mi hija”, respondió Consuelo, sin más.
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