El sol de Guanajuato no tenía piedad aquel día. Era una tarde de esas donde el calor se siente como una losa pesada sobre la espalda, donde el aire parece detenerse entre los callejones empedrados y el aroma a tierra seca y metal oxidado se vuelve insoportable. Mi nombre es Jimena, y aunque ahora el mundo me vea de otra forma, en ese entonces yo era solo una sombra más en los rincones del centro histórico. Tenía apenas cuatro años, una edad en la que se supone que uno debería estar jugando con muñecas o aprendiendo a leer, pero mi realidad era muy distinta. Mi vida se resumía en un costal de rafia, sucio y pesado, que arrastraba con mis manos pequeñas, buscando botes de aluminio o cualquier pedazo de chatarra que pudiera vender para comprar una tortilla fría.
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Mute
Mis pies estaban curtidos por el suelo caliente. Ya no sentía las piedras picudas ni las espinas de los matorrales que crecían en los baldíos. Mi ropa, que alguna vez tuvo color, era ahora un harapo grisáceo que apenas me cubría del viento, pero no de las miradas de desprecio de los turistas que pasaban a mi lado. Para ellos, yo era invisible, una mancha en la postal perfecta de la ciudad colonial. Pero para mí, cada paso era una batalla por la supervivencia. Hacía tres meses que mi abuela Josefina, la única persona que me había abrazado en este mundo, había desaparecido. Se fue una mañana a buscar trabajo y nunca volvió. Desde entonces, aprendí que el silencio de la calle es el compañero más fiel y más cruel que existe.
Esa tarde de marzo, el destino decidió que mi anonimato terminaría de la forma más violenta posible. Me encontraba cerca de los terrenos que colindan con la parte trasera de las grandes casonas, allá donde las paredes de piedra son tan altas que parecen querer tocar el cielo para alejarse de la miseria de abajo. Estaba hurgando entre unos escombros cuando un sonido me heló la sangre. No era el ruido del viento, ni el motor de un coche a lo lejos. Era un grito. Un grito de hombre, pero cargado de un terror tan primitivo que me hizo soltar mi costal de inmediato.
Corrí. No sé por qué lo hice, pues en la calle uno aprende que cuando hay gritos, lo mejor es alejarse. Pero algo en mi pecho me impulsó a subir por la ladera de un cerro seco, entre matorrales de biznagas y piedras sueltas que amenazaban con hacerme caer al vacío. Al llegar a un pequeño claro oculto por unos árboles retorcidos, me detuve en seco. Mis ojos, acostumbrados a buscar tesoros en la basura, se toparon con una escena que parecía sacada de una pesadilla de las que me contaba mi abuela sobre el inframundo.
Allí estaba él. Don Arturo Navarrete, el hombre cuyo nombre se pronunciaba con respeto y envidia en todo Guanajuato. El magnate de las piedras preciosas, el dueño de las minas más ricas, el hombre que vestía trajes que costaban más de lo que yo ganaría en diez vidas. Pero el hombre que vi no era un poderoso millonario. Era un trozo de carne temblorosa, amarrado con sogas gruesas a un tronco de encino. Tenía la cara hinchada, el traje desgarrado y los ojos desorbitados, fijos en un punto exacto en el suelo frente a él.
Y entonces la vi.
Una serpiente de cascabel, de un tamaño que nunca había visto, se deslizaba con una lentitud aterradora sobre la hojarasca seca. Su cuerpo grueso y escamoso brillaba bajo los últimos rayos del sol, y ese sonido… ese rítmico y mortal “shhh-shhh” del cascabel me taladraba los oídos. La víbora estaba a menos de un metro de sus pies descalzos y heridos. Don Arturo no podía moverse. Sus manos estaban atadas a la espalda y sus piernas pegadas al tronco. Estaba entregado a la muerte, una muerte lenta y dolorosa que llegaría en forma de veneno necrótico.
El aire se sentía eléctrico. Vi cómo una gota de sudor frío rodaba por la frente del millonario. Sus labios se movían sin emitir sonido, quizás rezando una oración que nunca necesitó cuando tenía el control de todo. Yo sentí un impulso de dar media vuelta y huir. ¿Qué podía hacer una niña de cuatro años contra un monstruo de la naturaleza y el destino de un extraño? Pero en ese momento, Don Arturo me vio. Nuestras miradas se cruzaron. En sus ojos no vi al patrón arrogante que alguna vez pasó en su camioneta blindada salpicándome de lodo; vi a un ser humano suplicando clemencia, alguien que, al final del camino, era tan frágil como yo.
Busqué a mi alrededor frenéticamente. No había piedras grandes, solo maleza y basura. Entonces, mis manos tocaron una vara de carrizo larga y seca que sobresalía de un montón de ramas muertas. Era ligera, pero lo suficientemente larga como para mantener una distancia mínima. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a desmayar, pero el instinto de la calle, ese que me había enseñado a no tener miedo a los perros rabiosos ni a la oscuridad, tomó el control de mi pequeño cuerpo.
Caminé hacia adelante. Cada paso hacía crujir la tierra y la serpiente lo notó. Se enroscó sobre sí misma, levantando su cabeza triangular, mostrando esos colmillos que podían inyectar la muerte en un segundo. Don Arturo soltó un quejido ahogado. “Vete, niña… corre”, parecieron decir sus ojos, aunque su boca permanecía cerrada por el pánico. Pero no me fui. Me acerqué lo suficiente como para ver la lengua bífida de la serpiente probando el aire, detectando mi calor.
Con un movimiento que no sabía que poseía, extendí la vara de carrizo. No intenté golpear a la víbora, sabía que eso solo la haría atacar más rápido. En cambio, comencé a mover la vara suavemente sobre el suelo, creando una distracción lateral. La serpiente, confundida por el nuevo estímulo, desvió su atención del hombre hacia la vara. Mi mano temblaba, pero mi mirada estaba fija. Lentamente, como si estuviéramos bailando un vals mortal, fui guiando la cabeza de la cascabel hacia el lado opuesto del árbol.
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